Apertura de los Estados Generales en Versalles 1789
16
Nov

NUEVOS CUADERNOS DE RECLAMOS Estudiando la heteronomía política.

 

«Pusimos el arado delante de los bueyes para discutir la elección de soluciones, mientras que nadie, de arriba a abajo, tiene la menor idea de cómo sacar a nuestras sociedades del estancamiento social y ecológico en el que se encuentra.»

 

NUEVOS CUADERNOS DE RECLAMOS
Estudiando la heteronomía política.
por

Bruno Latour
06 Noviembre 2019

La oportunidad del «gran debate nacional» es demasiado buena para que no salgamos de las rutinas donde generalmente se realizan las consultas públicas. El paralelo con el episodio prerrevolucionario de la escritura de los «cuadernos de reclamos» es inevitable y engañoso. Para que sea fructífero, sería necesario poder volver a conectar a dos hilos que parecen estar completamente rotos: ¿cómo se puede volver a poner en marcha el discurso político? Una vez que se puso en movimiento, ¿cómo se podría componer la cosa pública/res publica? Sin estos dos elementos, cualquier «debate nacional»es algo prematuro porque Francia se enfrenta a, gracias a los chalecos amarillos, la primera gran crisis del «nuevo régimen climático»[1]. Ponemos el arado delante de los bueyes tratando de debatir la elección de soluciones, mientras que nadie, de arriba a abajo, no tiene la menor idea de cómo sacar a nuestras sociedades del callejón sin salida social y ecológico en el que se encuentra.

[1]  . Sobre esta expresión, ver Latour, Bruno. Cara a Cara con el Planeta. Ocho conferencias sobre el Nuevo Régimen Climático. Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A., 2017.


EN PRIMER LUGAR, RESTABLECER EL DISCURSO POLÍTICO

Cuanto más leemos las contribuciones de los «cuadernos de reclamos» ofrecidos en los municipios para tratar de tentar a los «chalecos amarillos», cuanto más medimos la distancia con los cuadernos del mismo nombre que precedieron, en 1789, a la reunión de los Estados Generales. Pero también medimos la distancia con los nuevos cuadernos de reclamos que deberíamos aprender a escribir aprovechando al máximo un debate tan mal enmarcado. Esto requeriría primero resolver una crisis de despolitización extrema.

Esta despolitización puede resumirse en una frase cruel: los mudos intentan hablar con los sordos. Ni el «pueblo» parece capaz de articular posiciones políticas comprensibles por el gobierno; tampoco parece que el «gobierno» pueda escuchar ninguna revendication. El sentimiento de desesperación proviene de este doble bloqueo en la emisión como en la recepción. Todo sucede como si se bloqueara el fuelle capaz de producir el espíritu político de una nación entera. Parece que nunca hayamos alcanzado, en Francia, una situación de silencio tan profundo en medio de tanta inundación de palabras. Vemos multitudes tratando de hablarse, vemos al Estado tratando de ponerlas en un molde tradicional, pero, al menos por el momento, tenemos la impresión de una película cuyo sonido se cortó.

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Los mudos intentan
hablar con los sordos.
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Existe un viejo malentendido sobre lo que significa expresarse políticamente. Sería cómodo distinguir el contenido de una expresión política, del movimiento o, si se desea, del espíritu por el cual éste se emite. Podemos entender a millones de personas proferir enunciados con contenido político («se debe mantener el orden republicano», «dimisión de Macron», «Aumentar el SMIG [salario mínimo interprofesional garantizado] a 1500 euros», «no a los desmadres», etc.), sin que estos enunciados sean proferidos, presionan, emiten y dirigen políticamente. En otras palabras, entre el adjetivo «lo que digo es profundamente’» y el adverbio «lo que digo, yo lo digo ‘políticamente’», existe un inmenso abismo.

Lo que explica por qué se puede tener la impresión de una vida política intensa, como en este momento, bajo el pretexto de que se cruzan, en el espacio mediático, de las decenas de millones de declaraciones de contenido político, aunque, desde el punto de vista del movimiento político, uno tiene la impresión de un espeso silencio. Es esta paradoja de aparente riqueza y de escasez que explica la brutalización de las expresiones actuales: lo que dicen los miembros del gobierno es probable que esté tan vacío de político-movimiento como lo que repiten los miembros del «pueblo»» mientras que todos sienten que se están expresando legítimamente, auténticamente — sin ser escuchados, y mucho menos entendidos. Suficiente para enfurecerse de verdad, hasta el punto de comenzar a querer cascar al gendarme o decidir dar un buen golpe de garrote.

El origen de esta ira parece provenir de la creencia de que las personas, simplemente porque tienen un cerebro, una voz, una experiencia, un tema de queja, una función, un derecho, sería por esto mismo y espontáneamente capaz de decir algo políticamente pertinente. Pero para que puedan expresarse políticamente, tenemos que hablarles de cierta manera, sacudirlos, desestabilizarlos, provocarlos, que se los empuje y que se les tire. Es prudente suponer que, salvo excepciones, nosotros no tenemos nada para decir políticamente interesante antes de ser atrapados por esta forma particular de mandato político. Y esto es exactamente tanto para el graduado formado en Sciences Po como para el quemador de palets en un rond-point. Por extraño que esto parezca, es un cierto movimiento de palabras públicas que hace que el ciudadano sea capaz de reaccionar a su paso. Sin un público constituido, no hay sujeto político.

Aún es necesario hacer que exista este público[2]. De hecho, la extraña propiedad de los enunciados políticos es que tienen la tarea — tarea eminentemente provisoria, arriesgada, frágil — de producir a aquellos que los enuncian! De ahí la inmensa diferencia entre un enunciado-opinión, que no tiene otro resultado que otra opinión y un enunciado-comprometido que obliga, conmociona, conmueve, pone en marcha, ejecuta este sorprendente resultado: un ciudadano-capaz-de expresión. Los historiadores de la Revolución han demostrado bien el efecto de la génesis del ciudadano e incluso en parte del pueblo francés, en reacción a la orden del rey Luis XVI de redactar cuadernos de reclamos, mientras que en 1788 aún nadie hubiera apostado un centavo por la capacidad de este mismo «pueblo» para expresarse. El paso del discurso/palabra política endereza a aquel que ésta sacude, y obliga a ponerse de pie como si fuera sostenido por otro poder de acción que lo obliga a hablar de manera diferente y en un tono diferente. Esto es lo que Joël Pommerat ha escenificado tan brillantemente en su obra —Ça ira El final de Louiscomo si fuéramos capaces de representar este proceso en el teatro porque no podemos reproducirlo en la calle.

[2]. Dewey, John. El público y sus problemas (Traducido del inglés y prologado por Joelle Zask). Pau: Gallimard Folio, 2010.

 

Pero, ¿qué es una palabra comprometida o atractiva en oposición a las palabras que se parecen a los clics en una red social? ¿Por qué éstas son tan diferentes? ¿Por qué el precio a pagar por las primeras es tan alto que parece haberse vuelto bastante enrarecidas? Debido a que ellas no provienen en ningún caso de un «yo pienso con convicción que». Lejos de provenir de las profundidades del individuo, éstas deben continuar ir a pescar lo que otros, más abajo de la cadena, hará con ella. Es solo con esta condición que la circulación de este tipo tan particular de expresión puede terminar tejiendo un sustituto cuerpo político en ausencia de otras formas de solidaridad.

Para recorrer el círculo, no importa qué segmento se elija como punto de partida: yo recibo una palabra que me ha sacudido al exigirme que yo enuncie una opinión que reenvie a mi vecino, como el hurón de la canción, preparándome para una serie de condiciones drásticas:

a) esta palabra no se dirige de forma anónima al municipio (o a la web), sino a alguien a quien puedo especificar, nombrar, reconocer, ya sea amigo, enemigo o incluso indiferente;

b) debo prepararme para que este receptor, ya sea amigo o enemigo, conteste, transforme, perturbe, complique, el enunciado  que le lanzó;

c) Debo, por lo tanto, anticipar una controversia más o menos viva que, por definición, no puede cerrarse por el llamado a un principio superior o un árbitro externo (esto es lo que tiene de particular de la definición moderna de política en oposición a todas las formas de racionalidad —académicas, instrumentales, comunicacionales, etc.— todas los cuales requieren un nivel más alto para decidir);

d) la clausura, será por consiguiente, forzosamente, que yo deba también prepararme, por un lado mal cortado que no me satisfará más completamente que aquellos que se han comprometido en la controversia;

e) la decisión improvisada, que aún tengo que esperar, tendrá las buenas o malas consecuencias que ninguno de los protagonistas hubiera querido o esperado;

f) estas derivaciones inevitables de la acción, (es necesario también que la acepte de antemano) provocarán a la vez, en otros oradores, las reacciones más o menos virulentas, a veces muy alejadas de las interacciones del que yo había partido; finalmente,

(g) estas reacciones evocarán los enunciados que, después de un tiempo más o menos largo y bajo formas más o menos reconocibles, volverán a mí como un nuevo mandato para tomar partido o expresarme, —sacudiéndome nuevamente.

Esto explica la naturaleza circular de la palabra/discurso político. En este punto del segmento, se entiende, el círculo se ha completado: iniciador en un momento t del enunciado, he aquí sometido, en mi espalda, retorno a veces violento lo que yo «quería decir» y quién me obliga, de nuevo, a repetir todo: «No, no, ¡eso no es lo que quise decir. Es por esto que la/el palabra/discurso político es tan exigente, tan difícil: nunca es correcto. Y sin embargo, también es la fuente de su poder. De hecho, a fuerza de girar y cumplir estos diversos requisitos, al preparar a los oradores constantemente atrapados y reanudados por el flujo y reflujo de enunciados en disputa, a fuerza de controversias amasadoras, este extraño movimiento circular finalmente emerge algo así como un espacio, un ser, una cosa pública/res publica. Es precisamente su carácter tautológico, esta obligación de pasar siempre por el conjunto de los protagonistas movilizados por un asunto particular, lo que explica su capacidad —frágil y momentánea— de dar sustancia a la vida pública, siempre una pequeña sustancia fantasmal (el público, como sabemos, todavía es un fantasma), pero lo que parece, en estos días, no es más que un ectoplasma[3].

[3]. Lippmann, Walter. El Público Fantasma (traducción de Laurence Décréau). París: Demopolis, 2008 (disponible en https://bit.ly/2CJ8jJO)

Al considerar los siete u ocho puntos enumerados anteriormente, es fácil medir, el abismo que separa los enunciados-clics de los enunciados que producen los cuerpos políticos. Sin un examen exhaustivo de conciencia, es fácil reconocer la pregunta: «¿Cuándo hablaste verdaderamente políticamente acerca de algo con las personas con las que no estás de acuerdo. Muchos de nosotros, por desgracia, tendría dificultades para señalar una fecha en su calendario. También es comprensible que emitir un «Yo pienso que» con audacia, rabia o violencia, no impide en modo alguno permanecer en el grado cero de la política. Incluso se puede decir que este tipo de expresión solo tiene el efecto de deshacer, dispersar e incluso atomizar aún más el cuerpo político que los enunciados-comprometidos intentan desesperadamente de hacer nacer. Aun cuando haya millones de franceses que expresan con intensidad sus opiniones, si se trata de millones de «yo pienso que», el resultado global será la simple proliferación de sordomudos listos para ser exterminados por falta «de comprensión». ¡Las opiniones «bien acordadas» jamás ponen la política en movimiento!!

Tanto más cuanto porque las redes sociales han crecido exponencialmente la diferencia en peso, de los precios, de actitud, de los compromisos entre estos dos sentidos opuestos de la palabra política. Si el modelo de expresión es un clic, entendemos por qué se ha vuelto tan difícil imaginar esfuerzos para comprometer políticamente este mismo enunciado. Pero el mal viene de más lejos; el acceso a la web solo ha acelerado una vieja deriva: hemos pasado gradualmente de la búsqueda de autonomía política —aquella que concierne a la sociedad en su conjunto— a otro sentido de autonomía: el de un individuo que expresa sus opiniones personales. Sin embargo si la tradición política francesa está bien equipada para hablar de autonomía en el sentido colectivo —el ideal de la República— ésta se pierde totalmente si se reduce a hacer emerger el colectivo a partir de las opiniones personales de los individuos dispersos.

¿CÓMO RECOMPONER LA COSA/RES PÚBLICA PIEZA A PIEZA?

Siempre olvidamos hasta qué punto esta situación de despolitización extrema es nueva, lo que explica por qué, tanto en la emisión como en la recepción, todos nos encontramos tan desamparados. Hasta ahora, a pesar de los discursos sobre las virtudes y los peligros de la autonomía política —y Dios sabe que no han fallado en el curso de los dos siglos que nos separan de la Revolución—, era bien sabido que la expresión de los intereses, la explosión de las pasiones, la detección de las injusticias, no se basaron únicamente en estos enunciados frágiles. Existieron mil solidaridades de familia, de clan, de profesión, de producción, de sindicatos, de religión y, más recientemente, de partidos, que asociaron a los ciudadanos y dieron peso a la expresión pública. Un tejido conjuntivo multiforme, expandido por todo el cuerpo social, asegurando la sustentación, si se puede decir, de estas enunciaciones débiles y les da verosimilitud que no proviene solamente de la calidad de su emisión. Y como era lo mismo, del lado de la recepción, innumerables oídos atentos permitieron, como se dice, «ponerse de acuerdo». Pero hoy el tejido conectivo/conjuntivo ha desaparecido tanto que solamente queda el ejercicio de la palabra/discurso político, —¡justo cuando su ejercicio se volvió tan avergonzado!

Esta es la clave del drama actual. Los individuos atomizados por la extensión del neoliberalismo son realmente, hoy en día, de verdad/en serio/reales, átomos sin ningún vínculo entre sí. Peor aún, los únicos lazos que mantienen son aquellos de las redes sociales, una formidable aceleración de la atomización. Los pensadores de la fundación de la sociedad por sí mismos nunca habrían imaginado que habría un día en que reduciríamos este sueño a la expresión de un «yo pienso que, y lo sostengo/me importa/insisto». Y sin embargo, esta es la feliz sorpresa, los franceses, gracias al movimiento de los «chalecos amarillos», parecen ensayar el hablar de nuevo libremente de todo lo que concierne a la vida cotidiana. ¿Qué es lo que falta, por consiguiente, para aferrar todas estas protestas en una vida pública compartida?

Aquí es donde la expresión «cuadernos de reclamos» arroja luz crucial y puede servir de modelo, al menos de inspiración. En primer lugar, por la simple razón de que en 1789, el ejercicio era nuevo (los Estados Generales anteriores tenían ciento cincuenta años …), la escritura de los cuadernos no podía apoyarse en ninguna res pública anterior: esta cosa/res pública era necesario para componerlos, Estado por Estado, corporación por corporación, comuna por comuna. Este es el paralelo con hoy: antes de la crisis del antiguo régimen climático para el que nadie tiene una solución preparada, el interés público debe ser nuevamente compuesto, desde la base, píxel por píxel, cuestión por cuestión, impuesto por impuesto, tema de interés/preocupación por tema de interés/preocupación, rond-point por rond-point … [4].

[4]. Grateau, Philippe. Los cuadernos de reclamos, una lectura cultural. Rennes: University Press of Rennes, 2001.

Esto, sin embargo, disminuye el paralelo, es que el buen rey Luis XVI, al lanzar su «gran debate nacional», estaba obligado a admitir de antemano su completa ignorancia de las soluciones. El gobierno de la época acordó compartir con su pueblo la extraña incertidumbre en la cual se enfrentó a una crisis multifacética: «Ayúdame, no sé qué hacer»[5]. La comparación entre la carta del Rey y la del presidente Macron no es necesariamente ventajosa para este último … Y, sin embargo, la transición entre el antiguo y el nuevo régimen político fue mucho menos dolorosa que la metamorfosis para operar hoy del viejo régimen climático hacia el nuevo. Los sans-culottes, como su nombre lo indica, podrían cambiar de sociedad como de camisa —bueno, casi—, mientras que nosotros, es la totalidad de nuestra infraestructura material la que debemos revolucionar para implementar los más pequeños de nuestros reclamos ¡Curiosamente, eran mucho menos que nosotros prisioneros de su pasado! Lo que hace que sea inútil ensayar revivir en 2019 el entusiasmo de los gorros frigios—o deleitarse aún con el chillido de la guillotina…

[5]. Carta del 24 de enero de 1789: «(…) nosotros necesitamos la ayuda de nuestros fieles súbditos para que nos ayuden a superar todas las dificultades que enfrentamos, con respecto al estado de nuestras finanzas, y para establecer, de acuerdo con nuestros deseos, un orden constante e invariable en todas las partes del gobierno que interesa la felicidad de nuestros súbditos y la prosperidad de nuestro reino. Estos grandes motivos nos han determinado a convocar a la asamblea de los Estados de todas las provincias de nuestra obediencia, tanto para aconsejarnos y asistirnos en todas las cosas que se nos presentarán, como para dar a conocer los deseos y los reclamos de nuestros pueblos : de modo que, mediante la confianza mutua y el amor recíproco entre el soberano y sus súbditos, se proporcione lo antes posible un remedio eficaz a los males del Estado, y se reforme todo tipo de abusos y prevenirlos por buenos y sólidos medios que aseguren la felicidad pública (…)».

Es en este punto que surge la cuestión de la composición de los cuadernos. Y aquí el paralelo se rompe para siempre. No existe más ningún colectivo establecido capaz incluso para reunirse para escribir un cuaderno común aprobado por unanimidad. Inútil esperar de un corte geográfico o administrativo la aparición de una unidad de palabra algo coherente, como lo había sido alguna vez una comunidad aldeana o una corporación profesional. Pero esto es precisamente lo que hace que la tarea de descripción preliminar sea aún más necesaria : no sólo los ciudadanos no saben qué debatir y decidir, sino que no saben Pero esto es precisamente lo que hace que la tarea de descripción preliminar sea aún más necesaria: no sólo los ciudadanos no saben sobre qué debatir y opinar, sino que ellos tampoco saben con quién y, especialmente, contra quién. Aquí es donde la reanudación de la palabra/discurso político debe permitir dibujar, para cada tema, el colectivo ad hoc interesado, involucrado por una cuestión. Y estos colectivos, por definición, serán todos diferentes. Para aumentar la frecuencia de los trenes de dicha ciudad, no puede plantearse el mismo problema general del transporte público en el pueblo vecino. La contaminación de este río no prepara de ninguna manera para la limpieza de otro río. Es imposible que las reclamaciones sean las mismas desde Lille hasta Marsella y desde Brest hasta Estrasburgo. Precisamente porque la modificación del marco material de la existencia —y esto es lo que está en juego— exige que dejemos el espíritu de síntesis en el que estamos encerrados así como los hábitos del Estado como las ideas preconcebidas de los viejos partidos, hoy desaparecidos, que se aferran siempre a su «visión de conjunto».

En la historia, nunca es bueno cometer un error retrospectivo: la escritura de los cuadernos de reclamos del 89 no condujo en absoluto a la Revolución. Incluso se puede suponer que su contribución ha sido enmascarada, desviada por la cuestión revolucionaria del «cambio de régimen». Una pregunta que dos siglos después seguimos haciendo sobre cualquier tema, por reflejo condicionado, en lugar de aplicarnos al «análisis concreto de la situación concreta» que va principalmente, en un primer momento a desencadenar la unanimidad, complicar la investigación de cada cuestión, obligar a un compromiso diferenciado, constituir grupos distintos, en resumen, moldear finalmente la política, que no son las opiniones emitidas a la comuna. Es solamente más tarde, cuando uno toma conciencia del entrelazamiento contradictorio de estas cuestiones, cuando se ha recompuesto la visión de conjunto punto por punto, que podemos comenzar a alinear las demandas, definir «plataformas electorales» y por qué no, ver emerger nuevamente a los partidos opositores capaces de simplificar, de dramatizar, de concentrar las opciones. Entonces, pero sólo entonces, será posible tener «un debate nacional». Pero pretender saltar al debate antes de la tarea de redescripción múltiple, es estar satisfecho con una vasta encuesta abandonando toda esperanza de saber sobre cual territorio estamos tratando de aterrizar.

Por otra parte, no es necesario remontarse al 89 para medir muy cerca de nosotros la diferencia entre la expresión apasionada de las identidades y de las iras en un momento t, que gradualmente se convierte en una exploración más o menos ansiosa, para un tiempo t+1, de los apegos/adhesiones a las condiciones de vida. Es suficiente considerar los dos años que le tomó al Reino Unido para pasar de la abstracción de una cuestión (¿a favor o en contra de Europa?) a la realización de los innumerables vínculos que cada uno demanda para ser considerados por sí mismos (lo que la práctica tan profundamente antidemocrática de un referéndum fallido obviamente no permitió). Finalmente, ahora se trata de camiones, de derechos de los trabajadores, de legislación, de Dover y de Calais, de toda una materialidad que gradualmente reemplaza a las ideas hechas sobre la identidad inglesa. Con el «gran debate nacional», nosotros estamos casi en el mismo punto que el Brexit hace dos años: tan mal comenzado como esté, ¿seremos capaces de utilizarlo para acelerar la descripción de nuestros terrenos de vida, para volver a materializar nuevamente nuestros temas de disputa?

Lo que nos desorienta, probablemente, es que la época ya no es la única búsqueda de la autonomía. La generalización de la crisis que ya no podemos llamar «ecológica», ya que es una crisis existencial, una crisis de subsistencia, obliga a replantear la cuestión de la heteronomía: de qué dependemos-nosotros para subsistir, cómo representar los nuevos territorios de pertenencia, ¿cuáles son nuestros aliados y nuestros adversarios? Lo que es tan sorprendente cuando uno se toma la molestia de leer los cuadernos de reclamos del pasado, es esta asombrosa capacidad de describir un paisaje, un terruño, una economía y, al mismo tiempo, en el mismo impulso, apuntar con el dedo. las injusticias cometidas, para nombrar precisamente a los enemigos, y sugerir los medios para corregir estas injusticias.

DEPENDEMOS DE UNA TIERRA QUE AÚN NO SABEMOS CÓMO DESCRIBIR.

Debido a que el Nuevo Régimen Climático obliga a aterrizar, también obliga a describir los territorios nuevamente[6]. Pero este territorio no es más, como antaño, un lugar delimitado que se puede observar de cerca: está definido inversamente por todos los seres —humanos y no humanos— la cual necesita para subsistir y cuya lista sólo puede elaborarse mediante una investigación contradictoria realizada colectivamente. Este territorio recientemente diseñado, se trata entonces de saber si estamos dispuestos a defenderlo, con quién y contra quién. Es imposible evitar esta tarea previa si se desea recuperar la capacidad de emancipación, que era todo el poder, anteriormente, de la búsqueda colectiva de autonomía. Nada que hacer, debemos pasar por esta fase de la heteronomía: nosotros dependemos de una tierra que aún no sabemos cómo describir.

[6]. Metáfora desarrollada en Latour, Bruno. ¿Dónde aterrizar? Cómo orientarse en política. París: La Découverte, 2017


IMÁGENES DE CUADERNOS DE RECLAMOS – 1789

Cahier des doléances, demandes et représentations de l’ordre du Tiers-État de l’Isle de Corse, .Arrêté par l’assemblée générale de cet ordre. Convoquée à Bastia le 18 mai 1789. Cote : B/a/34 dossier 8 pièce 4. Couverture. Date du document : 18 mai 1789.
Mandatory Credit: Photo by CCI/Shutterstock (10168783a)
History. France. French Revolution. People writing the Cahiers de Doleances (lists of grievances) in the french villages, 1789. Illustration by Joseph and Louis Beuzon in: Premier Livre d’Histoire de France (First French History Schoolbook), by Gauthier-Deschamps-Aymard, France, 1929.
Cahiers de doleances – 1789