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Ene

LAS PASIONES Y LOS INTERESES

Palabras claves : Capitalismo, Intereses, Pasiones, Represión, Avaricia, Hirschman, Smith, Marx, Weber, Polyani, Historia, Economía.

«Si como claves para entender el desarrollo del capitalismo, Karl Marx apreció la relación con las
«libertades burguesas o la conversión del trabajo en mercancía; Max Weber llamó la atención sobre el protestantismo, y Karl Polanyi habló de medidas e instituciones, como fueron los cercamientos, las leyes de pobres, de granos o los gremios y sindicatos; Albert Hirschman en Las pasiones y los intereses nos cuenta una interpretación de la transformación ideológica de los siglos XVII y XVIII de la que emergió el capitalismo. Cuenta Hirschman como se optó por «aprovechar las pasiones en vez de simplemente reprimirlas«; disciplinándolas, transformándolas en un factor constructivo al servicio del bien general a través del proceso «civilizador«. Este rol de contener las pasiones rebeldes y devastadoras del ser humano se le asignó a los hasta entonces reprobados (e.g. la avaricia) intereses materiales, por ver en ellos posibles cualidades como las de ser uniformadores, previsibles e incluso inocuos.»

Más adelante dice Ignacio Cazcarro Castellano en Revista de Economía Crítica, nº17, primer semestre 2014, ISNN 2013-5254 : «La segunda parte desarrolla la explicación de cómo se esperaba que la expansión de la economía pudiera mejorar la política». […] La idea de economía como máquina compleja e independiente de la voluntad de los hombres fue una de las aportaciones más importantes de los fisiócratas. Quesney y Mirabeau denostaron las cualidades del comercio y la industria suponiendo que mercaderes y banqueros retornarían en cierto modo al modelo medieval, de ahí que, según Hirschman, el problema de la organización política en las «sociedades agrícolas» continúe sin resolverse. Para los fisiócratas y Smith, la expansión económica no era el medio que permitiría alcanzar la desaparición de las conductas onerosas de los políticos. Los primeros fueron favorables a un nuevo orden político, que asegurara las correctas economías políticas (del modo en que las definían). Smith, más modestamente, apuntaba a cambiar políticas específicas, diciendo, a su vez, que el progreso político no es pre-requisito para el progreso económico. Así, consideró dañinas algunas de las
consecuencias del comercio, alabadas por los fisiócratas, al tiempo que sostuvo que la ambición y el ansia de poder podían ser satisfechas con la mejora económica».

Finalizando su descripción Cazcarro Castellano plantea : «La tercera y última parte del libro habla de los argumentos recientes, aducidos a favor del capitalismo y muestra su distancia con aquellos que, en su día, lo motivaron: los argumentos que se presentan en el libro y que tienden a ser olvidados. Hirschman nos recuerda que Ferguson y Toqueville vieron necesario introducir constricciones y represiones para el príncipe y el pueblo, para que el «reloj delicado» de la economía moderna funcionara correctamente. Disintieron de Montesquieu y Steuart en identificar que la persecución del interés material pudiera ser buena para el espíritu cívico, pues, para ellos, no era claro que quedara, así, inmunizado contra las pasiones. Esta idea de la inocuidad, no fue abandonada hasta que la realidad dolorosa del desarrollo capitalista mostró lo contrario. Ante los impactos creados por el interés material –reconoce Hirschman– la doctrina que nos cuenta Las pasiones y los intereses parece irreal. Apunta Hirschman que el principal argumento político moderno en favor del capitalismo, motivado por la comparación entre naciones capitalistas y socialistas, que hoy se asocia a autores como Mises, Hayek o Friedman, fue propuesto nada menos que por Proudhon en el siglo XIX: la gran fuerza de la propiedad privada (a la que consideraba una ilimitada fuerza revolucionaria) compensaría el «igualmente aterrador poder» del Estado».

«La línea de razonamiento seguida puede parecer extravagante, pero para Hirschman ahí reside gran
parte de su interés y valor. «Es precisamente porque su rareza sorprende al pensamiento contemporáneo
por lo que puede arrojar cierta luz sobre las circunstancias ideológicas, todavía desconcertantes, del
surgimiento del capitalismo». Mucha más atención ha recibido la tesis de Weber sobre la ética protestante, que afirma que la difusión de formas capitalistas se produjo indirectamente por la búsqueda de salvación individual. Pero para Hirschman, sin contradecir a Weber, puede también ser válida su tesis de que la expansión del comercio y la industria fue celebrada por la clase dirigente; por los guardianes de la «estructura del poder»6».

6. Hay una diferencia más entre estas dos corrientes de ideas: Weber halló una importante paradoja acerca de los «efectos no buscados de las acciones humanas» (como Vico, Mandeville y Smith), mientras que Hirschman, como destaca Sen en el prólogo, cree que, aunque pueda ser más complicado, también es necesario descubrir las esperanzas que no se realizaron para hacer comprensible el cambio social.

«Para ver en qué medida hemos olvidado las ideas analizadas, podemos pensar en una de las mayores
críticas del capitalismo, su rasgo represivo, que inhibe la «plena personalidad humana» (e.g. para quienes lo entienden como alienación, o para quienes reflexionan sobre el «fin de las ideologías» con su advenimiento, encontrándose por tanto en mayor o menor medida en un gran espectro de teorías marxistas, postmarxistas, de Marcuse y otros miembros de la Escuela de Frankfurt, Fredric Jameson, etc.). Este rasgo tan denostado desde algunas de estas corrientes –expone Hirschman– es precisamente lo que se suponía el capitalismo lograría, al hacer al individuo más «unidimensional», y reprimir ciertas tendencias (pasiones impredecibles) –que provocarían cierta nostalgia en Fourier, Marx, Freud o Weber. Muchas de las ideas en defensa del capitalismo de autores como Keynes o Shumpeter fueron muy similares a las del Dr. Samuel Johnson y otras figuras del XVIII, y a las de Ferguson y Tocqueville; y según Hirschman con menos conocimiento de lo enredado del problema que el de estos autores o del cardenal de Retz -que había concebido el interés como «amor a sí mismo» que atempera las pasiones».
«
Concluye Hirschman que tanto críticos como valedores del capitalismo argumentarían mejor
conociendo el episodio narrado en libro de la historia de las ideas, pues serviría para elevar el nivel de
debate. No puedo sino coincidir plenamente con él en esta conclusión. Además, recomendaría también otros de sus textos de historia de pensamiento económico 7, e interpretaciones de sus reflexiones 8. Hirschman, por su forma de cuestionar argumentos generalmente aceptados, incluso los suyos propios, planteando interpretaciones alternativas, hace muy útil su lectura como «economía crítica», cuestionándonos la validez de conjuntos de ideas o medidas que aceptamos por inercia o por provenir de una corriente o grupo afín».

7. Entre los que encuentro más brillantes estarían «Salida, Voz y Lealtad» (1977), «Interés Privado y Acción Pública» (1986), «Retóricas de la Intransigencia» (1994) o «Tendencias Autosubversivas» (1996).
8. Por ejemplo Lluch nos presentó «Alabanza de Albert O. Hirschman» (1992) y «El trasmundo de un disidente» (1993); y en «Cuatro comentarios a la obra de Albert O. Hirschman» (1993) encontramos herramientas y concepciones hirschmanianas para ilustrar reformas económicas y políticas en España.

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CONTINÚA EN «LAS PASIONES Y LOS INTERESES I«