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Feb

LAS PASIONES Y LOS INTERESES I (en construcción)

 

[continuación de «Las Pasiones y Los Intereses»]

Fragmentos del Libro de Albert O. Hirschman, (1978), LAS PASIONES Y LOS INTERESES, Argumentos políticos en favor del capitalismo antes de su triunfo, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA, MÉXICO.

FRAGMENTOS 1

«LA MEDIDA en la que las ideas examinadas en este ensayo han sido borradas de la conciencia colectiva puede estimarse recordando algunas críticas contemporáneas del capitalismo. En una de las más atractivas e influyentes de tales críticas se hace hincapié en el aspecto represivo y alienante del capitalismo, en la forma en que inhibe el desarrollo de «la personalidad humana plena». Desde la perspectiva de este ensayo, tal acusación parece un poco injusta, porque precisamente se espera­ba y se suponía que el capitalismo reprimiera ciertos impulsos e inclinaciones del hombre y forjara una personalidad huma­na menos polifacética, menos imprevisible, y más «unidimen­sional». Esta posición, que parece tan extraña ahora, surgió de una angustia extrema por los peligros claros y presentes de cierto periodo histórico, de una preocupación por las fuerzas destructivas desatadas por las pasiones humanas, con la única excepción, según parecía en ese tiempo, de la «inocua» avari­cia. En suma, se suponía que el capitalismo lograría exacta­mente lo que pronto se denunciaría como su peor característica


El Congreso de Viena, por Jean-Baptiste Isabey, 1819. 

En efecto, en cuanto el capitalismo triunfó y la «pasión» parecía en verdad restringida y quizá aún extinguida en la Europa tranquila, pacífica y comercial del periodo siguiente al Congreso de Viena, el mundo pareció de pronto vacío, chato y aburrido, y quedaba listo el escenario para la crítica Romántica del orden burgués como algo increíblemente empobrecido en relación con épocas anteriores: el mundo nuevo parecía carecer de nobleza, grandeza, misterio y, sobre todo, pasión. Pueden encontrarse huellas considerables de esta crítica nostálgica en el pensamiento social subsecuente, desde la defensa hecha por Fourier de la atracción apasionada hasta la teoría de la enajenación de Marx, y desde la tesis freudiana de la represión de la libido como precio del progreso hasta el concepto weberiano de la Entzattberung ( la desintegración progresiva de la visión mágica del mundo). En todas estas críticas explícitas o implícitas del capitalismo había escaso reconocimiento de que, para una época anterior, el mundo de la «personalidad humana plena«, lleno de pasiones diversas, aparecía  como una amenaza que debía ser exorcizada en la mayor medida posible.

El olvido contrario es también evidente: consiste en el manejo de ideas idénticas a las que habían sido utilizadas en un periodo anterior, sin referencia alguna a los encuentros que ya habían tenido tales ideas con la realidad, un encuentro que raras veces es totalmente satisfactorio. Abramos un breve paréntesis para observar que la máxima de Santayana: «quienes no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo» tiende más a aplicarse rigurosamente a la historia de las ideas que a la historia de los acontecimientos. Estos últimos, como sabemos todos, nunca se repiten por entero; en cambio, circunstancias vagamente similares, en dos momentos diferentes y quizá distantes entre sí, pueden originar respuestas mentales idénticas e idénticamente erradas si se ha olvidado el anterior episodio intelectual. Por supuesto, la razón de este fenómeno reside en el hecho de que el pensamiento se abstrae de varias circunstancias, consideradas por él no esenciales, pero constitutivas de la singularidad de cada situación histórica particular.

Esta corrección literal y lamentable de la máxima de Santayana, aplicada a la historia de las ideas, puede ilustrarse aquí al nivel más alto del pensamiento social contemporáneo. Tras la historia que hemos narrado, resulta casi doloroso ver a un Keynes recurrir, en su característicamente tenue defensa del capitalismo, al mismo argumento empleado por el Dr. Johnson y otras figuras del siglo XVIII:


John Maynard Keynes


Duncan Starr Johnson, Portrait photograph, 1927. (Photo by JHU Sheridan Libraries/Gado/Getty Images)

… ciertas inclinaciones humanas peligrosas pueden orientarse por cauces comparativamente inofensivos con la existencia de oportunidades para hacer dinero y tener riqueza privada, que, de no ser posible satisfacerse de este modo, pueden encontrar un desahogo en la crueldad, en la temeraria ambición de poder y autoridad otras formas de engrandecimiento personal. Es preferible que un hombre tiranice su saldo en el banco que a sus conciudadanos; aunque se dice algunas veces que lo primero conduce a lo segundo, en ocasiones, por lo menos, es una alternativa 1.

1Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE, 1976, p. 329. En lo que equivale a una caricatura de esta concepción, Hayek ha sostenido en defensa de la institución de la herencia, que esta forma de transmisión de la riqueza es una forma socialmente menos perniciosa de entregar beneficios no ganados a nuestros hijos que la asignación activa de posiciones privilegiadas a tales hijos durante nuestra vida. En este caso es particularmente obvio que lo uno no excluye en modo alguno a lo otro. Véase F. A. Hayek, The Constitution of Liberty (Chicago: University of Chicago Press, 1960), p. 91.

He aquí la antigua idea de la ganancia de dinero como un pasatiempo y una salida «inocente» para las energías de los hombres, como una institución que aleja a los hombres de la competencia antagónica por el poder, hacia la acumulación de riqueza algo ridícula y de mal gusto, pero esencialmente inocua.

Joseph Alois Schumpeter – Adam Ferguson

Alexis de Tocqueville – Cardenal de Retz

Schumpeter fue otra figura importante que hizo una defensa fuerte, aunque indirecta, del capitalismo, basada en sus consecuencias políticas benéficas. En su teoría del imperialismo 2Schumpeter sostuvo que la ambición territorial, el deseo de una expansión colonial, y el espíritu belicoso en general, no eran la consecuencia inevitable del sistema capitalista, como dirían los marxistas. Tales inclinaciones derivan más bien de mentalidades residuales, pre-capitalistas, que desafortunadamente estaban muy arraigadas entre los grupos gobernantes de las principales potencias europeas. Según Schumpeter, el capitalismo mismo no podía favorecer la conquista ni la guerra: su espíritu es racional, calculador, y por lo tanto reacio a la asunción de riesgos a la escala implícita en la guerra y otras reliquias heroicas. Las opiniones de Schumpeter eran interesantes como impugnaciones a las diversas teorías marxistas sobre el imperialismo, pero revelaban menos perspicacia acerca de la complejidad del problema investigado que las de Adam Ferguson y Tocqueville antes citadas. Yendo más atrás aún: el Cardenal de Retz, con su insistencia en que no deben pasarse por alto situaciones en las que se considera como regla general el comportamiento motivado por el interés, parece ser un argumento más sólido que los de Keynes o Schumpeter.

2. The Sociology of Imperialisms» (1917), en lmperialism and Social Classes (Nueva York: Kelley, 1951).

Concluyo que tanto los críticos como los defensores del capitalismo podrían mejorar sus argumentos mediante el conocimiento del episodio de la historia intelectual que hemos recordado aquí. Esto es quizás todo cuanto podemos pedir de la historia, y de la historia de las ideas en particular: no la solución de las cuestiones, sino la elevación del nivel de debate.»

Albert Otto Hirschman


FRAGMENTOS 2

«Al tratar de enseñar al príncipe cómo alcanzar, mantener y expandir el poder, Maquiavelo estableció su distinción fundamental y famosa entre «la verdad efectiva de las cosas» y las «repúblicas y monarquías imaginarias que nunca han existido ni existirán«. (El Príncipe, capítulo XV).»

«Hobbes, quien basaba en Galileo su teoría de la naturaleza humana [Véase la Introducción de Richard S. Peters a Body, Man, Citizen: Selections from Thomas Hobbes, ed. Peters (Nueva York: Collier, 1962), dedica los primeros diez capítulos del Leviatán a la naturaleza del hombre, antes de proceder a examinar la de la mancomunidad.»

«En el párrafo inicial del Tractatus politicus ataca Spinoza a los filósofos que «no conciben a los hombres tal como son, sino como les gustaría que fuesen«.»

«En el siglo XVIII continuó afirmándose –a veces casi como algo rutinario– que el hombre «tal como es realmente» constituye el tema adecuado de lo que hoy llamamos la ciencia política. Vico, quien había leído a Spinoza, lo siguió fielmente en este punto, aunque no en otros. En scienza nuova escribe:

la filosofía considera al hombre tal como debiera ser, de modo que sólo es útil para los muy pocos que quieren vivir en la República de Platón y no se arrojan a las suciedades de Rómulo. la legislación considera al hombre tal como es y trata de usarlo bien en la sociedad humana. [Párrafos 131-132 de Giambattista Vico, Opere, ed. Fausto Nicolini (Milán: Ricciardi, 1953)].

Aún Rousseau, cuya visión de la naturaleza humana estaba muy alejada de la de Maquiavelo y Hobbes, rinde tributo a la idea iniciando el Contrato social con esta oración: «Tomando a los hombres tal como son y las leyes tal como podrían ser, quiero investigar si puede encontrarse un principio legítimo y seguro de gobierno«».

«La opción más obvia, que en realidad es anterior al movimiento de ideas aquí examinado, es la apelación a la coerción y la represión. Se encomienda al Estado la tarea de contener, por la fuerza si es necesario, las peores manifestaciones y las consecuencias más peligrosas de las pasiones. Éste era el pensamiento de San Agustín, a quien había de imitar muy de cerca Calvino en el siglo XVI. (i) Todo orden social y político establecido se justifica por su existencia misma. Sus posibles injusticias son retribución justa por los pecados del Hombre Caído.»

(i). Véase a Deane, Political and Social Ideas of St. Augustine, Capítulo IV, y la descripción que hace Michael Walzer del pensamiento político de Calvino con el título de «The State as an Order of Repression«, en The Revolution of the Saints (Cambridge, Mass.: Harvard University Press), pp. 30-48.

«La concepción de una autoridad ex machina que de algún modo elimine la miseria y la destrucción que los hombres se infligen entre sí a resultas de sus pasiones significa en efecto un rodeo a las dificultades mismas descubiertas, antes que su solución. Es quizá por esta razón que la solución represiva no sobrevivió largo tiempo al análisis detallado de las pasiones realizado en el siglo XVII.

Una solución más compatible con estos descubrimientos y estas preocupaciones de carácter psicológico es la idea del control de las pasiones en lugar de su mera represión. De nuevo se confía en el Estado o la «sociedad» para la realización de esta hazaña, pero ahora no sólo como una protección represiva, sino como un medio transformador, civilizador».

FRAGMENTOS 3

«LA IDEA de que existe una oposición entre intereses y pasiones apareció por primera vez, que yo sepa, en la célebre obra de Rohan [duque de Rohan Sobre el interés de príncipes y estados de la cristiandad], la que se ocupa por entero de los estadistas y de los soberanos. En las décadas que siguieron esta dicotomía fue discutida por numerosos autores ingleses y franceses, quienes la aplicaron a la conducta humana en general.

El debate fue un fenómeno conocido en la historia intelectual: una vez aparecida la idea del interés, se volvió una verdadera moda al igual que un paradigma ( a la Kuhn) , y la mayor parte de la acción humana se explicó de pronto por el interés propio, a veces hasta el punto de la perogrullada. La Rochefoucauld disolvió las pasiones y casi todas las virtudes en el interés propio, y Hobbes realizó en Inglaterra una empresa de reducción similar. De acuerdo con estos sucesos, la máxima original «El interés no mentirá«, dotada del sentido normativo de que debía calcularse con cuidado el interés y luego preferirse frente a otros cursos de acción concebibles, inspirados por motivaciones diferentes, se convirtió hacia fines del siglo en el proverbio positivo de «El interés gobierna al mundo«. [Gunn, «Interest», p. 559, nota 37]. La preferencia por el interés como una clave para el entendimiento de la acción humana pasó al siglo XVIII cuando Helvecio,[Claude Adrien Helvétius], a pesar de su exaltación de las pasiones, proclamó: Así como el mundo físico está gobernado por las leyes del movimiento, el universo moral está gobernado por las leyes del interés.[Helvecio, De l’esprit (París, 1758), pág, 53].

Como ocurre con frecuencia con los conceptos que de pronto se arrojan al centro del escenario –clase, élite, desarrollo económico, para citar algunos ejemplos más recientes–, el interés pareció una noción tan evidente que nadie se molestaba en definirlo con precisión. Nadie explicaba tampoco el lugar que ocupaba en relación con las dos categorías que habían dominado el análisis de la motivación humana desde Platón, a saber: las pasiones por una parte y la razón por la otra. Pero es precisamente en el marco de esta dicotomía tradicional que puede entenderse el surgimiento de una tercera categoría a fines del siglo XVI y principios del XVII. Una vez considerada destructiva la pasión e ineficaz la razón, la concepción de que la acción humana podría describirse completamente por su atribución a la una o la otra significaba una perspectiva muy sombría para la humanidad. En consecuencia, la introducción del interés entre las dos categorías tradicionales de la motivación humana llevaba un mensaje de esperanza. En efecto, se veía al interés participando de la mejor naturaleza de cada una de aquellas categorías, como la pasión del amor a sí mismo elevada y contenida por la razón, y como la razón dotada de dirección y fuerza por esa pasión. La forma híbrida de la acción humana resultante se consideraba libre de la naturaleza destructiva de la pasión y de la ineficacia de la razón. ¡No es extraño que la doctrina del interés haya sido recibida en su tiempo como un verdadero mensaje de salvación!» (ii)

Lobby y grupos de interés – Konrad Adenauer

(ii)Por lo tanto, Louis Hartz asume una posición antihistórica cuando habla de «el pesimismo liberal acerca del hombre, que lo contempla trabajando en forma autónoma de acuerdo con su interés propio» y contrasta esta visión pesimista de la naturaleza humana con «el pesimismo feudal acerca del hombre, que lo contempla sólo adecuado para el dominio externo«. The Liberal Tradition in America (Nueva York: Harcourt, Brace and World, 1955), p. 80. Originalmente, la idea de que el hombre está gobernado por el interés no se consideraba pesimista en absoluto».

«Se ha dicho que una creencia básica de los españoles al emerger de la Reconquista era la de que «un hombre de calidad adquiere, mediante el combate, la riqueza en una forma más honorable y rápida que un hombre más bajo con su trabajo«» [Salvador de Madariaga, The Fall of the Spanish-American Empire (Londres: Hollis and Carter, 1947), p. 7. Sin subrayado en el original].

«Si la «tesis de los intereses frente a las pasiones» es sin embargo, muy poco conocida, ello se debe en parte al hecho de que fue sustituida y oscurecida por la publicación trascendental, en 1776, de La riqueza de las naciones. Por razones que examinaremos más adelante, Adam Smith abandonó la distinción existente entre los intereses y las pasiones al formular su argumento en favor de la búsqueda irrestricta de la ganancia privada; optó por destacar los beneficios económicos que derivarían de esta búsqueda, antes que los peligros y desastres políticos que evitaría».

«[…] los orígenes de la tesis se encuentran en la preocupación por el arte de gobernar. Las pasiones que más deben refrenarse son las de los poderosos, que se encuentran en posición de hacer daño en gran escala y se consideraban particularmente bien dotados de pasiones por comparación con hombres menos importantes».

«Debemos hacer aquí una breve mención de actitudes aparentemente distintas hacia el crecimiento de la deuda pública y el incremento consiguiente del monto de las obligaciones gubernamentales o «acciones públicas». Un grupo de autores ingleses y franceses, que incluía a Hume y Montesquieu, consideró perniciosa, antes que benéfica, esta variedad de la riqueza mueble (iii).

(iii). Véase a Montesquieu, El espíritu de las leyes, XXII, 17 y 18; y sobre todo el ensayo «Of Public Credit», en David Hume, Writings on Economics, ed. E. Rotwein (Madison, Wis.: University of Wisconsin Press, 1910), pp. 90-10). Es aquí donde Hume traza un cuadro aterrador sobre el estado político al que se vería reducida Inglaterra si se permitiera la expansión indefinida de la deuda pública, «No queda ningún expediente para resistirse a la tiranía: las elecciones se ganan sólo mediante el soborno y la corrupción. Y una vez eliminado por completo el poder intermedio entre el rey y el pueblo, un despotismo inicuo deberá prevalecer inevitablemente» (p. 99). Hume y Montesquieu intercambiaron correspondencia sobre estas cuestiones; véanse los extractos reproducidos en Writings
on Economic, p. 189.

Pueden encontrarse en sus argumentos algunos elementos de una doctrina de «billetes reales», pero criticaron la expansión de la deuda pública sobre todo por razones políticas. Resulta en efecto que su crítica derivaba de la misma preocupación básica por los excesos del poder estatal que los había llevado a hacer una evaluación positiva del incremento de otros tipos de riqueza mueble, como la letra de cambio. Montesquieu y otros aprobaron los tipos mencionados en último término porque se esperaba que limitaran la disposición y la capacidad del gobierno para realizar grands coups d’autorité. Pero esta capacidad, y el poder gubernamental en general, sólo podría aumentar si la tesorería obtenía la capacidad de financiar sus operaciones mediante la emisión de deuda en gran escala. Por lo tanto, resultaba enteramente congruente el hecho de que estos autores alabaran el aumento de la circulación de letras de cambio al mismo tiempo que deploraban tal aumento de las «acciones públicas».

Al mostrar cómo la letra de cambio y el arbitraje de divisas desalentaba la acción tradicional, cruel y violenta del poderoso, Montesquieu no hace sino seguir el programa que se había trazado en el breve ensayo sobre política, escrito veintitrés años antes de la publicación de El espíritu de las leyes:

Es inútil atacar directamente a la política demostrando hasta qué punto sus prácticas están en conflicto con la moral y la razón. Esta clase de razonamiento convence a todos, pero no cambia a nadie. … Considero preferible seguir un camino indirecto y tratar de trasmitir a los grandes un disgusto por ciertas prácticas políticas mostrando cuán poco de lo que producen es útil. Oeuvres complétes (París: Pléiade, NRF, 1949) VoI. I, pág. 112.

 Más adelante :

El amor por el poder es natural; es insaciable; casi constantemente excitado y nunca saciado por la posesión. [Oeuvres completes, Vol. II, p. 1358].

FRAGMENTOS 4

EL EFECTO principal de La riqueza de las naciones [Adam Smith] fue el establecimiento de una poderosa justificación económica para la búsqueda irrestricta del interés individual, mientras que en la literatura anterior aquí examinada se hacía hincapié en los efectos políticos de esta búsqueda.

Antes del ascenso del comercio y la industria, los grandes señores compartían el excedente obtenido en sus posesiones con gran número de servidores, quienes dependían por completo de los señores y constituían un ejército privado, así como con sus colonos, quienes pagaban rentas bajas pero no tenían seguridad en su tenencia. Este estado de cosas se tradujo en una situación en la que «el rey … ( era incapaz) para reprimir las violencias … de los magnates … (Estos) continuaron haciendo la guerra de acuerdo con su voluntad, las más de las veces unos contra otros, y muchas contra su mismo soberano, de modo que los campos eran siempre escenario de violencias, rapiñas y desorden».[La riqueza de las naciones, p. 369].

Pero luego cambiaron las cosas a resultas de «la insensible y lenta operación del comercio y de las manufacturas». Ahora los señores tenían algo en qué gastar su excedente, el que antes habían compartido con sus servidores e inquilinos: «un par de hebillas de diamantes, … o cualquier otra bagatela», «bagatelas y adornos … más propios de chiquillos que de hombres con ideas serias y prudentes», es la forma despreciativa en que se refiere Adam Smith a la mercancía ofrecida por los comerciantes. Esta mercancía era tan atractiva para los señores que decidieron prescindir de los servidores y entrar en relaciones más a largo plazo y generalmente más comerciales con sus inquilinos. Al final, «por el gusto de la más pueril y la más despreciable de todas las vanidades, fueron los señores enajenando gradualmente todo su poder y toda su autoridad» [La riqueza de las naciones, p. 369-370], y «llegaron a convertirse en personajes tan insignificantes como pueda serlo un comerciante o un burgués acomodado».[La riqueza de las naciones, p. 371]. Y el gran resultado político fue que … los grandes señores ya no se hallaron en condiciones de entorpecer la acción regular de la justicia ni de perturbar la tranquilidad pública del país.

Así pues, de nuevo el ascenso del comercio y la industria favorece un gobierno más ordenado, pero el modus operandi es muy distinto del invocado por Montesquieu y Steuart. En primer lugar, este último se interesaba por la autoridad suprema del rey, sus usos y abusos, mientras que Smith se ocupó del poder aplastante de los señores feudales. En segundo lugar, Smith contempló una declinación de este poder, no porque los señores llegaran a advertir que su interés residía en no usarlo tan malvadamente como antes, sino porque renunciaban sin quererlo a su poder al tratar de aprovechar las nuevas oportunidades para su propio consumo y mejoramiento material que les brindaba «el progreso de las artes». En realidad, el episodio se resume mejor como una victoria de las pasiones (la avaricia y el deseo del lujo) sobre los intereses a más largo plazo de los señores que como las pasiones domadas por los intereses.

La forma del argumento escogida por Adam Smith volvía difícil su extensión de los señores al soberano. En History of England de Hume, que Smith, cita al principio de su propia historia, el ascenso de la «hombres de rango medio» se había presentado en términos semejantes, aunque considerablemente menos entusiastas; y Hume señalaba específicamente que la pérdida de poder de los señores beneficiaba no sólo a los comerciantes y manufactureros de reciente aparición sino también al soberano, y el propio Adam Smith había empleado un argumento similar en las Lectures [David Hume, The History of England (Oxford, 1826), Vol. V, p. 430 (Apéndice III, Manners), y Adam Smith, Lectures on Justice, Police, Revenue and Arms, ed. E. Cannan (Oxford: Clarendon Press, 1896), pp. 42-43.]. En lo tocante a las decisiones arbitrarias y las políticas dañinas del gobierno central, Smith no expresa muchas esperanzas de que el desarrollo económico produzca mejoras por sí mismo. En cierto momento, cuando habla de «la ambición caprichosa de reyes y ministros», afirma específicamente:

La violencia y la injusticia de los gobernantes de la humanidad es un mal muy antiguo, y tememos que, dada la naturaleza de los negocios humanos, no se pueda encontrar remedio alguno a ese mal.[La riqueza de las naciones, p. 437].

Y en una polémica con Quesnay sostiene que puede lograrse un considerable progreso económico independientemente de los avances obtenidos en el ambiente político:

… en el cuerpo político de una sociedad, el natural esfuerzo que todo ciudadano desarrolla ininterrumpidamente para mejorar su condición, es un principio de conservación capaz de impedir y de corregir, en múltiples aspectos, los efectos dañosos de una Economía política que sea, en cierto modo, parcial y opresiva… Sin embargo, … la sabiduría de la naturaleza ha dispuesto las cosas de la manera más conveniente para remediar la extravagancia y la injusticia de los hombres … [La riqueza de las naciones, p. 601].

Emplea términos muy similares en su «Digresión sobre el comercio de cereales y las leyes sobre la materia«:

El esfuerzo natural que hace todo individuo para mejorar de condición, cuando se desarrolla por los cauces que señalan la seguridad y la libertad, es un principio tan poderoso, que él solo, sin otra asistencia, suele ser bastante para conducir la sociedad a la prosperidad y a la riqueza, y aun para vencer los obstáculos opuestos por algunas leyes humanas poco meditadas ... [La riqueza de las naciones, p. 481].

Smith afirma aquí que la economía puede hacerlo sola: dentro de amplios límites de tolerancia, el progreso político no se requiere como una condición previa del adelanto económico, ni es probable que sea una de sus consecuencias, por lo menos al nivel de los más altos consejos de gobierno (i).

(i)Sobre este punto, y otros de las páginas siguientes, mi interpretación difiere grandemente de la presentada por Joseph Cropsey en su estimulante ensayo Polity and Economy: An Interpretation of the Principles of Adam Smith (La Haya, Ni¡hoff, 1957). Sólo enunciaré y documentaré mi punto de vista, en lugar de compararlo en todo momento con el de Cropsey, que «en sus términos más generales” sostiene que “La posición de Smith puede interpretarse en el sentido que el comercio genera la libertad y la civilización, y al mismo tiempo las instituciones libres son indispensables para la preservación del comercio» (p 95). Se encuentra una evaluación crítica reciente de la interpretación de Cropsey en Duncan Forbes, Sceptical Whiggism, Commerce and Liberty», en A. S. Skinner y T. Wilson, comps., Essays on Adam Smith (Nueva York: Oxford University Press, 1976), pp. 194-201.