ESTADO : ÓRGANO DE SERVICIO
22
Feb

LA SOCIEDAD CIVIL: ¿EL ESTADO: APARATO DE MANDO, O APARATO DE SERVICIO?

La imagen del esquema:
ADMINISTRACIÓN PÚBLICA NACIONAL ARGENTINA 2016
Ver en página: https://es.wikipedia.org/wiki/Administraci%C3%B3n_p%C3%BAblica_de_la_Argentina

ESTADO: APARATO DE MANDO

[continuación de : LAS 2 AGUAS : EL AGUA REPRESENTADA Y EL AGUA EGOISTA]

Los creadores de la simulación habían imaginado una última escena, antes de la firma final, donde habrían reunido a los delegados que representaban a los gobiernos de los Estados-nación, las únicas partes reconocidas por la COP oficial. Tal asamblea no habría tenido como propósito decidir por fin lo que las otras delegaciones habían tan sólo propuesto, sino detectar las formas jurídicas, en observancia del derecho internacional, que debería darse a las decisiones tomadas por las otras delegaciones. Semejante innovación habría invertido el sentido de la soberanía 31. Los Estados, en lugar de ocupar todo el lugar, se habrían encontrado en posición de servidores, de facilitadores, de organizadores, de técnicos en logística, de juristas. La única competencia que se les habría reconocido es aquella para la cual son realmente indispensables: concebir, firmar y mantener acuerdos internacionales. Todo el resto habría quedado en otras manos. Nos habríamos llevado la sorpresa de ver surgir el equivalente de una sociedad civil de los territorios en lucha, que habría hecho del aparato de Estado un órgano ya no de mando sino de servicio. El Estado habría sido desinventado… ¡Yo realmente esperaba esa escena final! Estirando el paralelo histórico, habría sido tan importante como un paso de una monarquía de derecho divino a una monarquía constitucional.

31. Así, se habría invertido la escena de la COP llamada de Copenhague 2009, donde los jefes de Estado, después de haber destejido todo el trabajo de negociación, se sentaron alrededor de una mesa y redactaron en una hoja en blanco algunas líneas que les parecían aceptables.


Ver “Ciudades” o “Suelos” negociar de igual a igual con “Rusia” o “Brasil”

Y sin embargo,
¿se habría reducido el Estado?
No necesariamente. Desde luego, habría sufrido una fuerte sacudida, pero en el fondo, desde la sesión de apertura de la simulación de Les Amandiers, los espectadores, al verCiudades” o “Suelosnegociar de igual a igual con “Rusia” o “Brasil”, habían tenido una muestra de lo mucho que los Estados-nación habían envejecido en ese transe.

De hecho, más bien se los habría liberado de la tarea imposible de mantener un territorio al abrigo de todas las superposiciones, tarea que asumieron muy mal y que ya no tiene sentido en la época de la mutación ecológica. A fin de cuentas, habrían salido más bien rejuvenecidos.

¿Quién puede negar el beneficio civilizador que permitió pasar del poder de los reyes al de los Estados constitucionales? ¡Qué avance, si finalmente se pudiera pasar de los Estados que reinan sin contra-poder sobre un suelo delimitado por fronteras, a un orden constitucional dotado al fin del sistema complejo de contra-poderes ejercidos por las otras delegaciones… esos famosos checks and balances tan celebrados por los Humanos, pero que los Terrestres todavía están buscando!

Si es cierto que la concepción moderna de la soberanía proviene de la necesidad de encontrar una solución a la imposible cuestión del doble poder de la religión y de la política, uno comprende todo el beneficio que el Estado cosecharía si pudiese deshacerse de una soberanía que comenzó tan mal. Solución imaginada para arreglar el problema religioso y para apoderarse de las tierras extranjeras previamente vaciadas de los colectivos multiformes que habían aprendido a habitarlos, el Estado se ahoga de allí en adelante bajo el fardo de tener que hacerse cargo de la Tierra entera. A un grado tal que mientras tanto, a partir de las guerras de religión, la cuestión de la soberanía se complicó además con la autoridad de la Ciencia, con C mayúscula, que con la mayor frecuencia debe entenderse, desde hace varias décadas, la de la Economía. Bajo la autoridad de esta potencia aparentemente mundial pero curiosamente desterritorializada, perdió la capacidad de asegurar la defensa de sus súbditos. Lo que se llama globalización es que ya nadie sabe dónde habitar 32. El fracaso de la lucha del Estado contra las mundializaciones sucesivas no lo preparó en absoluto para tomar en cuenta esta mundialización por la Tierra. En la época del Antropoceno, el Estado soberano está herido de obsolescencia, hasta el momento en que la mundialización planetaria se convierte literalmente, y ya no figurativamente, en el Planeta.

¿Cómo conservar el “monopolio de la violencia física legítima” cuando se trata de la violencia geohistórica del clima?

  • 32. De ahí la asombrosa reacción, que se ve en todas partes, de regresar a la identidad, hasta el momento en que la mutación ecológica impone la superposición y la intrincación de todas las posibilidades de actuar. Esta crisis ha sido explorada a fondo por Stephan Aykut y Amy Dahan (2015), Gouverner le climat? Vingt ans de négociation climatique, París, Presses de Sciences Po. El punto de interrogación quiere decir: no, no se puede gobernar el clima… no sólo porque no hay gobernalle, sino porque no hay Estado gobernante. Eso es pasar del Antiguo Régimen al Nuevo Régimen Climático.

Muy pronto, las pretensiones del Estado-nación de representar la soberanía total sobre un territorio que, de todas maneras, se le escapa, parecerán tan extrañas como las de los reyes de ejercer el poder absoluto. Será indispensable que aprenda a compartir el poder. Y por ende, también inevitablemente, hay que prepararse para un refuerzo o, digamos, una rearticulación de lo que llamamos la soberanía. No hay ninguna razón para que el mismo término siga designando esa amalgama de las autoridades religiosas, científicas y políticas, que llenaría por completo un espacio continuo delimitado por una frontera. Es cargar al Estado de una carga que se ha vuelto demasiado pesada para él. La escena que yo imaginaba al final de la simulación era aquella en la que el Estado se descargaba de ese fardo para redistribuir de otra manera la soberanía. Se habría reforzado, a condición de que todo lo que lo rodea, aquello que él externalizaba, se encuentre en el interior: tal la apuesta de la simulación 33. No sólo los antiguos estados de la naturaleza, sino también lo que equivocadamente se llama las fuerzas supranacionales, que al final de cuentas ocupan todas un territorio que hay que aprender igualmente a trazar, por muy discontinuo que sea. Si uno pretende gobernar lo que pasa offshore, hay que redefinir la costa, los bordes, los límites que van a contener, por fin, todas las potencias, en el sentido estricto de acotar su expansión.

¿Se imaginan la escena? “Hoy, 31 de mayo de 2015: los Estados abolidos.” ¡Por fin entrábamos en el siglo XXI !

Pasar del Antiguo al Nuevo Régimen Climático.

Y precisamente en este punto habría intervenido la figura, ahora menos enigmática, de Gaia.

A diferencia de la Naturaleza, Gaia no irrumpe para reinar en el lugar de todos los Estados forzados a someterse a sus leyes, sino como aquello que exige que la soberanía sea compartida.

Es como se hubiese habido una confusión entre la Naturaleza y ese oikos [ver imagen abajo] local, histórico, sublunar de Gaia. En una época anterior, cuando mencionamos la presencia de un “fenómeno natural”, desde el momento en que se franqueaba el umbral invisible de la sociedad, de la cultura y de la subjetividad, es como si todo el resto, desde las entrañas de nuestro cuerpo hasta el Big Bang, desde el suelo bajo nuestros pies hasta las extensiones infinitas de las galaxias, estuviera hecho de la misma materia, perteneciera al mismo dominio y obedeciera a las mismas leyes intangibles.

Pero Gaia no es la Naturaleza. Gaia son los avatares localizados, históricos y profanos de la Naturaleza 34; o más bien, la Naturaleza aparece retrospectivamente como la extensión epistemológica, politizada, (contra-)religiosa y legendaria de Gaia. De ahí esta sorprendente inversión que desemboca en el desasosiego completo de los Modernos. Si la Naturaleza había podido procurarnos la esperanza de unificar y de pacificar la política, o, al menos, de ofrecer un fondo sólido a los avatares de la historia humana, tal no es el caso con Gaia. Éstas no prometen la paz ni aseguran ningún decorado estable.

34 . Utilizo el plural para subrayar el carácter múltiple de este actor.

A diferencia de la antigua Naturaleza, éstas no desempeñan el rol de objeto inerte del cual uno podría apropiarse ni el de árbitro superior al cual, a fin de cuentas, uno podría remitirse. Es la antigua Naturaleza la que podía a la vez servir de marco general a nuestras acciones sin dejar de ser indiferente a nuestro destino. Esa Madre Naturaleza que servía de nodriza a unos humanos capaces de descuidarla como a un simple objeto inerte y mudo, al mismo tiempo que celebraban en ella la ultima ratio. Como dice el proverbio: “¡No se puede ir más allá de la Madre Naturaleza!”. Esa figura pretendidamente maternal estaba a la vez por debajo —como objeto manipulable y despreciable— y por encima: como árbitro final y como juez último. Todo lo que los humanos podían hacer era desempeñar el rol de niño sensato, del guardián razonable, del rebelde seguro de ser castigado, o del  respetuoso. Podemos comprender bastante bien que la progenie de esta madrastra cruel y sangrienta se haya precipitado directamente sobre el diván del psicoanalista … y que las feministas no hayan cesado de combatir su mito (Charis Thompson, 2005, Making Parents. The Ontological Choreography of Reproductive Technologies, Cambridge, Mass., MIT Press; Giovanna Di Chiro, 2014, «Ramener l’écologie á la maison», en Émilie Hache (ed.), De l’univers clos  au monde infini, París, Dehors: 191-220, y en especial la sorprendente Silvia Federici, 2014, Caliban et la sorcière. Femmes, corps et accumulation primitive, Marsella, Entremonde [ed. española: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid, Traficantes de sueños. 2010]). La naturaleza, ahora lo comprendemos más claramente aún, no tiene otro poder que el de enloquecer a sus hijos. Con ella, la ecología, ya sea científica o política, no tenía la menor chance…

Cada concepción de la nueva geopolítica debe tener en cuenta el hecho de que la forma en que los Terrestres están unidos a Gaia es totalmente diferente de la forma en que los Humanos estaban unidos a la Naturaleza. Gaia ya no es indiferente a nuestras acciones. Contrariamente a los Humanos en la Naturaleza, los Terrestres se saben en lucha con Gaia. No pueden ni tratarlas como a objetos inertes y mudos ni como a jueces supremos y árbitros finales. En este sentido ya no entran con ellas en una relación infantil de Madre-hijos.

Terrestres y Tierra han crecido. Las dos partes comparten la misma fragilidad, la misma crueldad, la misma incertidumbre sobre su destino. Son poderes a los que no se puede dominar y que no pueden dominar. Como Gaia no es externa ni indiscutible, no puede permanecer indiferente a la política. Pueden tratarnos como enemigos. Nosotros también podemos.

Mientras la Naturaleza podía reinar sobre los humanos como un poder religioso al que había que rendir un culto paradójico, cívico y secular, Gaia sólo ordena compartir el poder como poderes profanos y no religiosos. Es inútil una nueva translatio imperii que iría de Dios a la Naturaleza, y luego de la Naturaleza a Gaia. Aquí no obra “ley de los tres estados” alguna 35. Gaia se contentan con recordar las tradiciones más modestas de un cuerpo político que reconoce por fin en la Tierra aquello por lo cual ese cuerpo ensamblado acepta solemnemente ser definitivamente acotado. Incluso si hasta el presente no hay ningún culto cívico para tal trazado de las “fronteras planetarias” que un cuerpo político se impondría a sí mismo, lo que hemos hecho en la simulación es entrever dicho ritual. Se decidieron colectivamente unos límites que nada imponían —en el sentido de la antigua Naturaleza— ante la nueva Gaia. Esto no quiere decir que los humanos debían sentirse culpables —la culpabilidad los paraliza inútilmente-—, sino que deben aprender a volverse capaces de responder 36 Tornándose capaces de esta respuesta, dotándola de una tal sensibilidad, es como los Humanos en la Naturaleza se convierten en Terrestres con y contra Gaia. Allí están los checks and balances, esa extraña metáfora técnica utilizada por el derecho constitucional y que reencontramos aquí como principio de composición de las posibilidades de actuar 37.

Esto es lo que nos permitirá comprender por fin la metáfora, tan perturbadora, de los bucles y el uso tan inestable de la noción de cibernética. Como sabemos, en la etimología misma de cibernética, ¡existe todo un gobierno que pretende llevar el timón! La cuestión es averiguar si la metáfora cae del lado de la técnica -—se multiplican los servocomandos y los centros de control-— o del lado de la política: ¡se multiplican las ocasiones de oír protestar a aquellos que exigen a los comandos retroactuar! Por un lado, extendemos cada vez más lejos la ambición moderna por excelencia, hasta el sueño pesadillesco de la geoingeniería (Clive Hamilton, 2013ª, Les apprentis sorciers du climat, Raisons et déraisons de la géo-ingénierie, trad. Cyril Le Roy, Paris, Seuil. Ed. orig.: Earthmasters, The Dawn of the Age of Climate Engeneering, New Haven, Yale University Press, 2013); por el otro, aprovechamos la situación para modernizarnos, regresando a la Tierra.

Todo depende de lo que se entienda por responder a comandos. Todo cuanto reacciona a nuestras acciones comienza a tomar una consistencia, una solidez, una coherencia que pueden ser tratadas ya sea como predictoras de un sistema cibernético en el sentido técnico del término, o bien como agentes que tienen, todos, vocación de hacer oír su voz.

¿Qué hacen ustedes cuando oyen, por ejemplo, a los especialistas del clima que no cesan de añadir a sus modelos –  la “respuesta” de la capa de hielo al calentamiento de las aguas,
– 
la “respuesta” de los microorganismos a la acidez de los océanos,
–  la “respuestadel Gulf Stream a la circulación termohalina,
–  la “respuesta” de los suelos a la pérdida de biodiversidad? ¿Hacen de ello un sistema cada vez más naturalizado, O hacen ustedes un cuerpo político a componer, posibilidad de actuar tras posibilidad de actuar?
Si hacen de ello un sistema global, desaniman y despolitizan. Si de eso hacen una divinidad total, sobreaniman y despolitizan con la misma seguridad.
¿Podríamos llegar a ser capaces de atenernos a la animación propia de la Tierra, lo que permitiría redefinir tanto la política como la naturaleza?
¿Se trata de una extensión de la política?
Sí, en efecto.
¡Qué extraño es haber podido pensar que sólo los humanos eran “animales políticos”?
¿Y los animales, entonces?
¿Y todos los agentes animados?

Gaia no poseen, no deben poseer la cualidad legal de la res publica, del Estado, del gran Leviatán artificial inventado por Hobbes. Es del Estado así como del Estado de Naturaleza que en cierto modo vienen a liberarnos. Si durante mucho tiempo hemos pretendido que había que salir de la Naturaleza para emanciparnos como Humanos, es ante Gaia que los Terrestres buscan la emancipación. Cuando comenzamos a congregarnos en tanto que Terrestres, nos damos cuenta que somos convocados por un poder que es plenamente político, puesto que invierte todos los títulos, todas las reivindicaciones legales de ocupar un suelo y de pretenderse propietario. Confrontados a semejante inversión de los títulos de propiedad, los Terrestres comprenden que, a diferencia de aquello con lo que los Humanos no han cesado de soñar, ellos jamás desempeñarán la función de Atlas, no la del Jardinero de la Tierra, que jamás serán capaces de cumplir la función de Maestro Ingeniero de la Nave Espacial Tierra, ni siquiera la de modesto y fiel Guardián del Planeta Azul. Es tan simple como eso: no están solos en los comandos. Alguien más los ha precedido, aunque se hayan dado cuenta muy tarde de su presencia, de su precedencia y de su preeminencia. La expresión división del poder no significa otra cosa.

Gala, hasta ahora, no tiene otra forma legal que ser aquella a la cual nos dirigimos. Si bien no tiene soberanía, al menos puede tener lo que los romanos llamaron majestad 38. Podemos dirigirnos a Gaia, no como nos dirigíamos a la Naturaleza impersonal y sin embargo personalizada, sino franca y directamente, nombrándolas como nuevas entidades políticas. Vivir en la época del Antropoceno es admitir una extraña y difícil limitación de poderes en beneficio de Gaia, consideradas como la agregación profana de todos los agentes reconocidos gracias al trazado de los circuitos de retroacción. Una vez más, tanto el pensamiento como la práctica tienen necesidad de la ficción:

“Gaia, yo te nombro, como aquello a lo que me dirijo, y aquello a lo cual estoy dispuesto a hacer frente”.

  • 38. Debo esta indicación a Pierre-Yves Condé: “Aún no era la plenitud en acto de una suma de competencias, tal como debía concebirla el derecho monárquico al final de la Edad Media y al comienzo de la época moderna. Era una plenitud afirmada únicamente como intransgredible, a través de la interdicción. Lugar vacío de la Majestad, que proyectaba alrededor del poder su círculo santuarizado. […] La historia del Estado romano, si por esta palabra entendemos otra cosa que una vaga aproximación descriptiva, es decir si entendemos en los mismos términos en que fue formulada en Roma la problemática —y más aún la práctica— de la construcción jurídica del Uno, pasa por el desvío de la historia del crimen de majestad. El crimen no es un incidente en el camino, una anomalía accidental. Por el contrario, es el acontecimiento que supone la institución política edificada sobre la defensa de un punto de referencia último” (Yan Thomas, 1991, «L’institution de la majesté», Revue de Synthèse. CXII, 3, 4: 331-386).

Si siempre es decoroso macerar retrospectivamente la pregunta: “¿Cómo me habría comportado si me hubiese encontrado entre los criminales del siglo pasado?”, es todavía más útil, me parece, el no contarse entre los criminales del presente siglo cuando vamos a tener que enfrentar los “combates por la planificación, la apropiación y la distribución de los espacios y de los climas”. Carl Schmitt atribuye al jus publicum europeanum el haber limitado durante dos siglos las guerras intraeuropeas, exportándolas a otras partes antes de que estallaran fuera de todos los límites, en el siglo XX, para volverse mundiales. ¿Serán capaces los Terrestres de inventar un sucesor para ese jus publicum, en vista de limitar las guerras venideras por la desapropiación del mundo? ¿Seremos capaces de colocar ese nuevo derecho bajo la misma antigua invocación, la de la “Tierra, madre del derecho”, que Virgilio saludaba con el nombre de justissima tellus?

Semejante desplazamiento desembocaría en un modo de acción diferente para las antiguas “leyes de la naturaleza”, algo como un jus publicum tellurius, todavía por inventar, en vista de limitar lo que Schmitt, en su lenguaje terriblemente preciso, llamaba las Raumordnungskriege, las «guerras por el orden espacial», una expresión que, una vez purgada de sus asociaciones con los conflictos del siglo XX, ofrece una definición radical de la vida terrestre, pero una vida terrestre finalmente capaz de tomar en cuenta la presencia de Gaia, de modo que seamos capaces de limitar el grado de guerras para venir. En el fondo, el enfrentamiento se resume en esto:

extender la hegemonía de los Estados-nación sobre la Tierra dando a los modernos un nuevo horizonte de dominio —una suerte de eco-modernización más imperiosa y tanto más violenta aún que todas las tomas de tierra precedentes— o aceptar prosternarse ante la majestad de Gaia, haciendo de la distribución de las posibilidades de actuar la cuestión política por excelencia:
¿una reedición de la gran cuestión de la democracia?
Eso equivaldría probablemente a prescindir de las expresiones moderno, naturaleza e incluso ecología, lo que yo he resumido en la fórmula: pasar del Antiguo al Nuevo Régimen Climático.


Fuente de la Página :
Libro “Cara a cara con el Planeta” / Facing Gaia
Bruno Latour
Octava conferencia
¿Cómo gobernar territorios (naturales) en lucha?

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[continúa en : FUNDAMENTALISMO : EL RETORNO DE LAS GUERRAS DE RELIGIÓN]