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Jun

¿HAY ALGO MAL CON LA ECONOMÍA?

 

¿ESTÁS LISTO PARA DESHACERTE DE LA ECONOMÍA?

En medio del caos, la inminente crisis global, el dolor y el sufrimiento, hay al menos una cosa que todos han entendido:
HAY ALGO MAL CON LA ECONOMÍA.

10 de junio de 2020
Fuente : http://www.bruno-latour.fr/sites/default/files/downloads/P-205-ECONOMISATION_0.pdf
Traducción : Horacio Alperin

«El jefe de Estado crea una comisión de expertos internacionales para preparar los «grandes desafíos», escribe Le Monde (29-05-20) y los periodistas agregan: «Se optó por privilegiar una comisión homogénea en términos de perfiles y experiencia, para tener las respuestas de los académicos sobre los principales desafíos. Pero sus trabajos no serán más que un ladrillo entre otros, no agotará los temas, se tranquilizan en el Elíseo.» ¿Por qué no me sentí «tranquilizado» en absoluto? Me volvió la memoria de la Restauración, cuya Reanudación después del confinamiento puede parecerse cada vez más : como los Borbones de 1814, es muy posible que dicha comisión, incluso compuesta por mentes excelentes, no haya «olvidado nada y aprendido nada» …

Sin embargo, sería una lástima perder demasiado pronto todo el beneficio de lo que la Covid 19 ha revelado de esencial. En medio del caos, de la próxima crisis mundial, de los duelos y de los sufrimientos, hay al menos una cosa que todos han podido comprender: ALGO ESTÁ MAL CON LA ECONOMÍA.

1.

Primero, obviamente porque parece que podemos suspenderlo todo de una vez. Ya no aparece más como un movimiento irreversible, que no debe ni reducir la velocidad ni, por supuesto, detenerse bajo pena de desastre.

2.

En segundo lugar, debido a que todas las personas confinadas se dieron cuenta de que las relaciones de clase, que se decía seriamente, que se habían borrado, se hicieron tan visibles como en la época de Dickens o de Proudhon: la jerarquía de valores recibió un duro golpe, añadiendo un nuevo toque al famoso mandato evangélico: «Los primeros (de la cuerda) serán los últimos y los últimos serán los primeros» (del trabajo pesado) (Matteo, 19-30) …

Algo está mal con la economía, digamos que ya lo sabíamos, pero no es del virus. Sí, sí, pero lo que es más engañoso es que, ahora nos decimos a nosotros mismos que hay algo malo en la forma en que la economía define el mundo. Cuando se dice que «la economía debe recuperarse o comenzar de nuevo», nos preguntamos, in pectore, «Pero, por cierto, ¿por qué? ¿Es una buena idea?»

 

De repente, es el desconfinamiento lo que se vuelve mucho más doloroso. Igual que un prisionero beneficiario de un permiso, encontraría aún más insoportable volver a la celda a la que finalmente se había acostumbrado. Estábamos esperando un gran viento de liberación, pero nos encierra de nuevo en la inevitable «marcha de la economía», mientras que durante dos meses las exploraciones del «próximo mundo» nunca habían sido tan intensas. Entonces, ¿todo volverá a ser como era antes? Es probable, pero no es inevitable.

La duda que surgió durante la pausa es demasiado profunda; se insinuó demasiado ampliamente; tomó demasiada gente por la garganta. Que el Presidente se rodeó de un consejo de expertos economistas habría todavía parecido, tal vez, en enero, como una señal tranquilizadora: pero después del Covid-19, esto sólo puede causar temor: «¿Que, nos van a hacer aún el truco de recomenzar a asir toda la situación actual como formando parte de la economía? Y confiar todo el asunto a una «comisión homogénea en términos de perfiles y de experticia». Pero, ¿los economistas siguen siendo competentes para comprender la situación tal como se nos apareció a la luz de esta suspensión imprevista?

Que la economía puede parecer ajena a la experiencia humana habitual, numerosos son los investigadores y los activistas que la conocían, por supuesto, pero la dolorosa experiencia de la pandemia, ha popularizado este desfasaje. Millones de personas han tenido la misma experiencia que Jim Carrey, el héroe del Show de Truman: finalmente rompieron el borde del escenario y se dieron cuenta que la decoración se despegaba de la armadura metálica que lo mantenía en pie. De esta experiencia, de este desfase, de esta duda, no hay recuperación. Nunca conseguirás que Carrey vuelva a tu escenario de cine una segunda vez —¡esperando que «funcione» de nuevo!

 

Hasta ahora, el término especializado para hablar de este desfase ha sido el de economización [économisation]. La vida material no está hecha, por sí misma, exclusivamente de relaciones económicas. Los humanos mantienen entre ellos y con las cosas en las cuales ellos se insertan una multitud de relaciones que movilizan una gama extraordinariamente amplia de pasiones, de afectos, de habilidades, de técnicas y de invenciones. Además, la mayoría de las sociedades humanas no tienen un término unificado para dar cuenta de esta multitud de relaciones: ellas son co-extensivas con la vida misma. Marcel Mauss durante cien años, Marshall Sahlins durante cincuenta, Philippe Descola o Nastassja Martín hoy, en resumen, una gran parte de la antropología no ha cesado de explorar esta pista 1.


1
. Inmensa literatura, pero a granel, Sahlins, Marshall. Edad de Piedra, Edad de la Abundancia. Economía de las sociedades primitivas. París: Gallimard, 1976; Descola, Philippe. La Ecología de Otros (traducido por Geneviève Godbout y Benjamin P. Luley). Chicago: Prickly Paradigm Press, 2013; Martin, Nastassja. Las almas salvajes. Frente a Occidente, la resistencia de un pueblo de Alaska. París: La Découverte, 2016; y para las sociedades industriales, Callon, Michel, ed. Sociología de las disposiciones comerciales. Textos seleccionados. París: Prensas de la Escuela Nacional de Minas de París, 2013; Mitchell, Timothy. Democracia de Carbono. El poder político en la era del petróleo (traducido por Christophe Jacquet). París: La Découverte, 2013.

 

Sucede que sí, en algunas sociedades recientes, un importante trabajo de formateo ha intentado (pero nunca lo ha logrado por completo) reducir y simplificar estas relaciones, para extraer algunos tipos de pasión, de afecto y de saber-hacer, de técnica y de invención, y de ignorar a todos los demás. Usar el término economización, es subrayar este trabajo de formateo para evitar confundirlo con la multitud de las relaciones necesarias para la continuación de la vida. También introduce una distinción entre las disciplinas económicas y su propio objeto (la palabra «disciplinas» es preferible a la de «ciencias» para enfatizar la distancia entre las dos). Estas actividades realizan el formateo, a las que podríamos llamar «inversiones en forma», pero éstas no pueden tomar el lugar de la experiencia que simplifica y reduce. La distinción es la misma que entre construir el set donde Jim Carrey «se produce/actúa/toma forma» y la difusión de la producción en la que actuará.

Se ha convertido en un hábito decir que las disciplinas económicas performan lo que ellas están estudiando —la expresión se toma prestada de la lingüística para designar todas las expresiones que llevan a cabo lo que ellos dicen por el solo hecho de decirlo— promesas, amenazas o actos legales [2. MacKenzie, Donald, Fabian Muniesa y Lucia Siu, eds. ¿Do Economists Make Markets?/ Los economistas hacen mercados? Sobre la Performatividad de la Economía. Princeton: Princeton University Press, 2007]. Nada extraño al respecto, y tampoco nada crítico. Es un principio general : que no se puede captar ningún objeto sin haberlo formateado previamente.

Por ejemplo, hoy hay pocos fenómenos más objetivos y seguros que el de la asepsia. Sin embargo, cuando quiero demostrarle a mi nieto de diez años, [Ulises] la existencia de la asepsia, tengo que enseñarle el conjunto de los gestos que mantendrán a salvo de la contaminación al caldo de pollo que encerró en un frasco de mermelada (y esto no es fácil de explicar por Zoom durante el confinamiento). No es suficiente mostrarle las probetas de vidrio hechos por el fabricante de vidrio de Pasteur, cuyo líquido sigue siendo perfectamente puro después de 150 años. Es necesario que Ulises logre la realización de este hecho objetivo mediante el aprendizaje de todo un conjunto de prácticas que hacen posible la aparición de un fenómeno totalmente nuevo: la asepsia se vuelve posible gracias a estas prácticas y que no existían previamente (lo que, por otra parte, va a crear, también para los microbios, una presión de selección completamente nueva). La permanencia de la asepsia como un hecho bien establecido, por lo tanto, depende de la permanencia de una institución —y de los aprendizajes cuidadosamente mantenidos en los laboratorios, las salas limpias, las fábricas de productos farmacéuticos, las salas de trabajos prácticos, etc.

Continuando el paralelo, la economización es un fenómeno tan objetivo, pero igualmente tan refinadamente y obstinadamente construido, como la asepsia. Es suficiente que Ulises cometa el más mínimo error al hervir su frasco de vidrio, o al colocarla bajo su cobertura, y, en unos días, el caldo de pollo se verá enturbiado. Lo mismo ocurre con la economización: es suficiente dejarnos confinados dos meses, fuera del marco habitual, y aquí regresan las «malas costumbres», y las innumerables relaciones cuya presencia fue olvidada o negada comienzan a proliferar. La prevención de la contaminación es tan difícil como mantenerse económicamente viables durante mucho tiempo. La lección se aplica tanto a los Covid como a las disciplinas económicas. Siempre es necesario una institución en buen estado de funcionamiento para mantener la continuidad de un hecho o de una evidencia.

Tampoco los microbios estaban preparados para enfrentarse a los gestos de las barreras asépticas inventadas por los seguidores de Pasteur. Igualmente, los humanos inmersos en las relaciones materiales con las cosas que ellos disfrutaban, no se habían preparado al adiestramiento que la economización les iba a imponer a partir del siglo XVIII. Es evidente, nadie puede convertirse en un individuo suelto, capaz de calcular su interés egoísta, y de entrar a competir con todos los demás, en busca de beneficios. Todas las palabras escritas en cursiva indican propiedades que terminaron existiendo en el mundo, pero que primero fue necesario extraer, mantener, conectar, asegurar mediante un inmenso concurso de herramientas de contabilidad, de títulos de propiedad, de escuelas de comercio y algoritmos aprendidos. Lo mismo ocurre con el Homo oeconomicus como las líneas puras de bacterias cultivadas en una placa de Petri: existe, pero no hay nada de natural, de nativo o de espontáneo en ello. Libere la presión, y el Homo oeconomicus ya está él emancipandose, como los virus repentinamente abandonados en un laboratorio cuyos créditos habrían sido cortados —listos para dar la vuelta al mundo.

Incluso podemos ir más allá. En un libro pleno de humor (y en un artículo reciente en Liberation), David Graeber sugiere que el «montaje económico» es tanto más violento cuanto más difícil es el formateo y que los agentes «resisten» aún más a la disciplina [3. 2018. Bullshit Jobs. París: Los vínculos que liberan, David Graeber (traducido por Elise Roy); y su opinión en Liberation]. Cuanto menos realista parezca la economización, más operadores son necesarios, de funcionarios, de consultores, de contadores, de auditores de todo tipo para imponer su uso. Si podemos contar con bastante facilidad el número de placas de acero que salen de un laminador : bastará un ojo electrónico y una hoja de cálculo será suficiente; para calcular la productividad de un auxiliar de enfermería, de un maestro o de un bombero, tendremos que multiplicar los intermediarios para que su actividad sea compatible con una tabla de Excel. De ahí, según Graeber, la proliferación de «trabajos inútiles».

Si la experiencia de la pandemia tiene sentido, es revelar la velocidad en la que la noción de productividad depende de los instrumentos de contabilidad. Sí, esto es así, no se puede calcular exactamente la productividad de los maestros, de las enfermeras, de las amas de casa. ¿Qué conclusión sacamos de esto? ¿Qué ellos son improductivos? ¿Qué ellos merecen que sean mal pagos y mantenerse en la parte inferior de la escala? ¿O que esto no importa, porque este no es el problema? Cualquiera sea el nombre que le dé a su «producción», ésta es a la vez, indispensable e incalculable: bueno, que otros se manejen con esta contradicción: esto simplemente quiere decir que estas actividades pertenecen a una especie de acciones no economizables. Todos se dan cuenta de que este defecto contable es «sin importancia» lo que pone en duda cualquier operación de economización. Aquí es donde el control económico de las condiciones de vida rompe con lo que ella describió, como si un trozo de pared agrietado saliera de la decoración.

 

«Pero seguramente, dirán los lectores, a fuerza de disciplinas económicas que instituyen la economía como la extracción de las relaciones que permiten la vida, nosotros, en cualquier caso, nosotros los productores y consumidores de los países industriales, nos hemos convertido, después de tanto formateo, en personas economizables en su totalidad y casi sin residuos. Quizás ha habido otras formas, en otras partes, en otros tiempos, de relacionarse con el mundo. Quizás existan en las conmovedoras historias de los etnólogos. Pero todo eso se terminó para siempre, al menos para nosotros. De hecho, ¿Nos hemos convertido en esos individuos egoístas que compiten entre sí, capaces de calcular nuestros intereses hasta la coma más cercana?»

Es aquí, donde la conmoción de los Covid nos obliga a reflexionar: creer en este carácter irreversible, es como creer que los progresos en higiene, las vacunas y de los métodos antisépticos nos han librado de los gérmenes para siempre … Lo que era cierto en enero de 2020, puede que ya no sea cierto en junio de 2020.

 

 

 

 

 

Es suficiente una pausa de dos meses para lograr lo que los numerosos trabajos de los sociólogos de los mercados y los antropólogos de las finanzas jamás pudieron obtener : la convicción ampliamente compartida que la economía dura tanto como la institución que la ejecuta —pero ni un día más. La proliferación de modos de relaciones necesarias para la vida continúa, se desborda, invade el formato estrecho de la economización, como el enjambre de miles de millones de virus, bacteriófagos y bacterias continúa vinculándose, de miles de millones de formas diferentes, con seres tan remotos como murciélagos, chinos hambrientos o gastrónomos, por no mencionar tal vez a Bill Gates y al Dr. Fauci. Aquí hay una contaminación : de unos cincuenta colegas a las decenas de millones de personas que se unen sin cesar a los numerosos movimientos, sindicatos, partidos, tradiciones diversas que ya han tenido muy buenas razones para desconfiar de la economía y de los economistas (tan «expertos», «homogéneos» y calificados como ellos sean). El desafortunado Jim Carrey se ha convertido en una multitud.

Lo que la pandemia vuelve más intenso no es, por lo tanto, simplemente una duda sobre la utilidad y la productividad de una multitud de oficios, de bienes, de productos y de empresas —es una duda sobre la comprensión/apropiación de las formas de vida que todos necesitan para subsistir a través de los conceptos y los formatos procedentes de la economía.

La productividad —su cálculo, su medición, su intensificación— se reemplaza gradualmente, gracias al virus, por una cuestión completamente diferente: una cuestión de subsistencia. Ahí está el giro; ahí está la duda; ahí está el gusano en la fruta: no es qué y cómo producir, pero ¿«producir», es una buena manera de relacionarse con el mundo? Ya no se puede continuar «haciendo la guerra» contra el virus ignorando la multitud de las relaciones de convivencia con ellos, tampoco se puede continuar «produciendo» ignorando las relaciones de subsistencia que vuelven posible toda producción. Esta es la lección duradera de la pandemia.

 

 

 

 

 

 

Y no simplemente porque, al principio, durante dos meses, vimos muchos ataúdes en la televisión y escuchamos ambulancias cruzando las calles desiertas; pero también porque, una cosa lleva a la otra, de problemas de mascarillas con la escasez de camas de hospital, hemos llegado a las cuestiones de valor y de política de la vida —lo que lo permite, lo que lo mantiene, lo que lo vuelve habitable y justo.

Al principio, por supuesto, fue para evitar el contagio, por la invención paradójica de estos gestos de barrera que nos obligaron, por solidaridad, a permanecer encerrados en casa.

Luego, en la segunda etapa, comenzamos a ver la proliferación a plena luz, de estas profesiones de «pequeñas personas» que cada día eran más conscientes de que eran indispensables —volviendo a la cuestión de las clases sociales, claramente racializadas. También hay un retorno a las duras relaciones geopolíticas y las desigualdades entre países, hechas visibles (esta es otra lección duradera) producidas por producto, cadena de valor por cadena de valor, ruta de migración por ruta de migración.


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3.

Tercera etapa, la jerarquía de los oficios ha comenzado a temblar: comenzamos a encontrar mil cualidades en los oficios mal pagados, mal considerados, que exigen cuidado, de atención y de múltiples precauciones. Las personas más indiferentes comienzan a aplaudir a los «cuidadores» desde su balcón; allí donde hasta ahora se contentaba con cortar el césped, los ejecutivos superiores ensayan la permacultura; incluso los padres en el teletrabajo se dan cuenta de que para enseñar aritmética a sus hijos, se necesitan mil cualidades de paciencia y terquedad, cuya importancia nunca sospecharon.

¿Vamos a parar aquí? No, porque la duda sobre la producción tiene una divertida forma de proliferar y de contaminar progresivamente todo lo que toca : apenas comenzamos a hablar de subsistencia o prácticas de engendramiento, la lista de los seres, de los afectos, de los pasiones, de las relaciones que te permiten vivir continúa aumentando. El formateo a través de la economización tenía precisamente el objetivo, como la aséptica, de multiplicar los gestos de barrera para limitar el número de seres a tener en cuenta, en todos los sentidos del término. Era necesario prevenir la proliferación, obtener cultivos puros, simplificar los motivos para actuar, la única forma de hacer que los microbios o los humanos sean conocibles, calculables y manejables. Fueron estas barreras, estas presas, estos diques, que comenzaron a agrietarse con la pandemia.

Esto no hubiera sido posible sin la persistencia de otra crisis que la desbordó por todos lados. Por una coincidencia, lo cual, por cierto, no es una completa coincidencia, el virus corona se ha extendido rápidamente entre las personas —como un incendio forestal— que están ya instruidas sobre la amenaza multifacética que una crisis de subsistencia generalizada [de medios de vida] pesaba sobre ellos. Sin esta segunda crisis, la pandemia probablemente se habría tomado como un grave problema de salud pública, pero no como una cuestión existencial: los confinados se habrían mantenido alejados del contagio, pero ellos no se habrían puesto a discutir si realmente sería útil producir aviones, continuar los cruceros en barcos gigantes en forma de portacontenedores, o esperar a que Argentina suministre la soja necesaria para los cerdos bretones. El Nuevo Régimen Climático, sumado a la Crisis de Salud, plantea una duda tan fundamental sobre cualquier cuestión de producción que sólo tomó dos meses de contención para renovar el desafío. De ahí la extensión prodigiosa de la cuestión de la subsistencia.

Si la crisis de salud recordaba el rol de los pequeños oficios, si ésta le daba nueva importancia a las profesiones de atención, si ésta hacía que las relaciones de clase fueran aún más visibles, ésta también recordaba gradualmente la importancia de los otros participantes en los modos de vida, los microbios primero, y luego, una cosa lleva a la otra, todo lo necesario para mantener en estado una economía que hasta ahora se imaginaba que era la totalidad del experimento y que ella se iba a «reanudar». Incluso el periodista más obtuso que continúa oponiéndose a aquellos que están preocupados por el clima, y aquellos que quieren «llenar el refrigerador», ya no pueden ignorar que no hay nada en el refrigerador que no dependa del clima. Sin olvidar los innumerables microorganismos asociados con la fermentación de quesos, yogures y cervezas

 

Una cita del libro de Graeber sobre el origen del valor (antiguo debate entre los economistas) resume la nueva situación. Él recuerda que la noción de valor-trabajo se había vuelto una evidencia en el siglo XIX, antes de desaparecer bajo los ataques violentos del neoliberalismo en el siglo XX —este siglo tan olvidadizo a estas condiciones de vida. De ahí la injusticia sobre las causas del valor resumida en esta frase: «Hoy, si te refieres a los «productores de riqueza», todos pensarán que estás hablando de los capitalistas, ciertamente no de los trabajadores». Pero una vez que se ha puesto de manifiesto la importancia del trabajo y de la atención, nos damos cuenta rápidamente de que muchos otros valores y muchos otros «trabajadores» deben tomar medidas para que los humanos puedan subsistir. Para capturar la nueva injusticia, sería necesario reescribir la frase de Graeber: «Hoy, si hablas de los «productores de riqueza», todos pensarán que estás hablando de los capitalistas o de los trabajadores, ciertamente no de los vivientes».

Bajo los capitalistas, los trabajadores, y bajo los trabajadores, aparecen los vivientes. ¡El viejo topo sigue cavando bien! La atención no ha cambiado un nivel, sino dos. El centro de gravedad también se ha desplazado [4. Aquí estoy más particularmente interesado en la investigación de Baptiste Morizot en la filosofía de los vivientes, Dusan Kasik sobre la crítica de la producción, Emilie Hache sobre el ecofeminismo y la progresiva masculinización de la economía]. Otras fuentes de valor se han manifestado. Este es el mundo que aparece a plena luz, se niega absolutamente a permanecer en el status de «mero recurso» que la economía estándar le concede condescendientemente, y que desborda todos los gestos de barreras que los mantuvieron alejados. Está muy bien producir, ¡pero aún así tenemos que sobrevivir! Qué lección más sorprendente es la de la pandemia: se cree que es posible ir a la guerra contra los virus, cuando tendremos que aprender a vivir con ellos sin causarnos demasiado daño. Creemos que es deseable llevar a cabo una Recuperación Económica, cuando probablemente  aprendamos a salir de la Economía, que es sólo una  síntesis simplificada de formas de vida.